
Tras abandonar la ciudad de las salchichas (perdónenme esta broma tan desavenida) continuamos nuestra tourné por tierras teutonas con un crucero, un tanto descafeinado, por la ribera del Rin, en lo que se supone que iba a ser una visita panorámica donde ver castillos medievales. Los castillos estaban ahí; el medievalismo… psé. No acompañó la climatología para conseguir hacer buenas fotos, ya que pese al tiempo despejado, reinaba una bruma matutina de lo más molesta; así que tampoco voy a incluir demasiadas tomas de estas construcciones tan, a priori, atrayentes para los estudiosos de la historia, ya que, a parte de ser bastante irregulares en cuanto a calidad, eran bastante similares en cuanto a contenido. Para los más curiosos, baste con constatar que desde luego, esos castillos han perdido el espíritu defensivo con el que fueron erigidos para dar cabida a hoteles, restaurantes y otros negocios de servicios. Lo que son las cosas, antes existían para disuadir al enemigo de la entrada, y hoy en día se emplean para todo lo contrario; c’est la vié.
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